La demencia y la enfermedad de Alzheimer
¿Qué diferencia hay entre la demencia senil y el Alzheimer?
La enfermedad de Alzheimer (EA) es la demencia …
La demencia y la enfermedad de Alzheimer
¿Qué diferencia hay entre la demencia senil y el Alzheimer?
La enfermedad de Alzheimer (EA) es la demencia senil más frecuente. La demencia es un síndrome que indica la pérdida de independencia para el autocuidado y la EA es la demencia que se presenta con más frecuencia en personas mayores de 65 años. Si se presenta antes de los 65 años se llama demencia presenil por EA. Aparte de la EA, hay otras demencias que se manifiestan con síntomas diferentes, como la demencia por cuerpos de Lewy y la demencia frontotemporal (más frecuente en personas jóvenes). Pero todas las demencias requieren supervisión y control por terceras personas. Hay que desterrar el concepto de demencia senil y hablar de demencia por EA.
¿Qué fases tiene la EA?
La EA siempre es evolutiva. La supervivencia puede variar entre un mínimo de 2 años y un máximo de 20 años desde el diagnóstico, con una media de 10 años a 12 años. La enfermedad, una vez comenzados los primeros síntomas, pasará por cuatro fases hasta el fallecimiento. No será así en caso de que otra enfermedad o accidente sea antes la causa de la muerte.
En la primera fase (leve) los síntomas se manifiestan en forma de pérdida funcional para las actividades de la vida diaria más elaboradas, las llamadas actividades instrumentales complejas, como las que requieren procesar mentalmente una idea o acción, programarla y ejecutarlo la. Son las tareas que nos permiten desarrollar actividades sociales, laborales, realizar nuevos aprendizajes y desarrollar nuestro intelecto a través de la introspección, la imaginación y las emociones. Es manifiestan a través de la visión abstracta del mundo y la utilización de la lógica formal. Es la etapa de las operaciones formales, se adquiere de los 12 años en adelante y la primera que se pierde cuando la enfermedad comienza a manifestarse.
La segunda fase (moderada) se inicia cuando las capacidades instrumentales más simples de la vida diaria comienzan a desestructurar, como la compra, el uso de dinero, el control de la medicación, el mantenimiento de una adecuada higiene o de una dieta adecuada, situaciones que nos permiten la supervivencia y el autocuidado. Se inicia la pérdida de la interacción con el entorno y hay una incapacidad creciente para centrarse en más de un aspecto o estímulo. Aparece o empeora el egocentrismo previo y la capacidad para adaptarse a los cambios de rutina. Es el inicio de la pérdida de operaciones concretas, que se ha adquirido de los 7 a los 12 años.
La tercera fase (grave) se caracteriza por la pérdida progresiva de las capacidades más básicas de la vida diaria (alimentación, higiene y control de esfínteres urinario y fecal). Los afectados precisan de ayuda para su atención básica para que ya no son capaces de hacerlo solos. Han perdido la capacidad para entender la información que perciben sus sentidos y su interacción con el entorno. Son incapaces de manipular objetos y una vez que el objeto desaparece de su vista no pueden entender que ya no tienen. Se desestructura la capacidad sensorial y motora, que se inicia con el nacimiento. La pérdida de las capacidades funcionales sigue el orden inverso a como han sido adquiridas y al final sólo queda la memoria emocional, la única que les une a su entorno y con la única que se pueden comunicar; como una sonrisa, un abrazo o un beso, pero sin entender el cuándo, quién y por qué.
¿Debemos informar a la persona de la enfermedad que tiene?
Depende de su estado evolutivo y de la percepción que tenga de su pérdida de memoria. Es habitual en la EA clásica que la pérdida de memoria no les permita recordar los datos recientes. Al principio, saber que tienen la enfermedad les puede suponer un trauma. Pero posteriormente se olvidan de lo que se les ha explicado y en ocasiones niegan inconscientemente la realidad, porque ellos no se ven mal. Son habituales los comentarios como: "No sé porque me han traído aquí si a mí no me pasa nada y lo hago todo perfectamente".
Otra situación muy diferente la encontramos cuando el paciente es consciente de su estado y además presenta un cuadro depresivo importante derivado de ello. En estos casos es mejor posponer la comunicación del diagnóstico, previo consenso con la familia y explicarles el problema de forma menos traumática ("Tiene un problema de memoria que intentaremos controlar") y sin nombrar la palabra alzheimer o demencia que es lo que los estremece, reduciendo la explicación positivamente.
A medida que la enfermedad evoluciona se pierde la percepción del propio "yo" y desaparece la angustia previa. Puede suceder que aparezcan alteraciones de conducta, como delirios o alucinaciones altamente angustiosos, pero no por la percepción que tiene de la enfermedad sino por los síntomas de la propia enfermedad, que ellos viven de forma muy real. En estas ocasiones sí que nos veremos obligados a tratar los síntomas para controlar la angustia y el miedo que les provoca.
¿La enfermedad de Alzheimer es hereditaria?
La EA presenta una herencia familiar muy baja. Sólo el 1% de todas las EA son hereditarias y como mínimo uno de los progenitores y dos o más miembros de la familia de primer grado deben padecerla. Todos presentan la misma mutación y el diagnóstico, si se conoce la mutación, se puede realizar incluso antes de que aparezcan los síntomas en caso de ser portador de la mutación familiar.
Además, la enfermedad se presenta entre los 30 y 40 años. No debemos confundir la herencia con la genética. Las mutaciones genéticas hereditarias vienen predeterminadas desde el momento de la concepción. La genética es común y compartida con los miembros familiares. Sólo determinados genes de riesgo son los que determinarán a lo largo de nuestra vida la aparición o no de la EA. Estos son los responsables de la mayoría de casos esporádicos. Pero la EA sí es genética. Es decir, hay nada de riesgo en nuestro ADN que en un momento determinado de la vida y asociados a otros factores ambientales, tóxicos, estilos de vida, etc., pueden determinar la presentación de la enfermedad, sobre todo a partir los 65 años.
¿Todas las EA producen agresividad?
No todos los pacientes con EA desarrollan agresividad, aunque se pueden volver más irritables y apáticos, lo que provoca que se vuelvan menos tolerantes y más rígidos. Algunos debutan con depresión ante la conciencia de la pérdida de memoria, lo que hace retrasar el diagnóstico en la mayoría de los casos. El manejo de la agresividad depende de algunos factores tales como el carácter previo: si se trata de una persona poco tolerante ante la frustración, dominante o manipuladora en su etapa adulta, por ejemplo, estos síntomas se agudizarán con la EA y serán más difíciles de reconducir.
Ante algún reproche o insinuación por parte del cuidador puede reaccionar de forma agresiva, habitualmente de forma verbal y ocasionalmente de forma física.
– Poca comprensión del problema por parte del entorno familiar, que intenta hacer razonar situaciones que la persona con demencia no comprende. Además, la situación se agrava si hay una difícil relación previa.
– Instauración de un proceso psicótico (delirios y alucinaciones) asociado a la EA de base. Es entonces cuando se deberá introducir tratamiento específico dado que la situación genera angustia, tanto al paciente (que lo vive de forma real) como a la familia, que no es capaz de reconducirlo.
¿Qué puedo hacer para mejorar la memoria de la persona con EA?
La alteración de la memoria puede mejorar mediante un refuerzo y estimulación cognitivos durante las fases de aprendizaje y recuperación de la información. Estudios recientes sugieren un claro efecto beneficioso de los programas de estimulación cognitiva sobre las funciones neuropsicológicas en el tratamiento de la EA, permiten ralentizar la progresión de la enfermedad. Así, con el objetivo de obtener el máximo beneficio terapéutico en pacientes con EA en fase leve a moderada, se recomienda el uso combinado de programas de estimulación cognitiva con tratamiento farmacológico.
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