Mi relación con el Alzheimer comenzó hace muchos años en dos lugares distintos. El primero de ellos es el barrio de la Barceloneta. Fue allí donde
empecé a ejercer como médico en lo que entonces era la Residencia de Jubilados. Llegué a conocer cada rincón de aquel lugar. De hecho, cuando empecé allí, querían que hiciera cosas como tomar la tensión arterial a las decenas de personas que pasaban por allí. Me negué: si todos tenían su propio médico de cabecera, ¿qué sentido tenía que yo les tomara la tensión? Entonces, ¿qué hacía yo allí?La respuesta es sencilla: fijarme en lo que los demás médicos no veían. Así que empezamos a organizar talleres de cocina, educación sanitaria, hábitos saludables… Y allí me di cuenta de que la memoria de algunas de esas personas no funcionaba del todo bien.
Ahora demos un salto a Estados Unidos. El alzhéimer no me es ajeno, pero allí comprendí lo que significa sensibilizar a la sociedad sobre una enfermedad, la importancia de que la gente entienda y comprenda uno de los elementos que les rodea. Si lo entienden, sabrán cómo afrontarlo. Si no, simplemente huirán de él.
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